Existe hoy un riesgo evidente en los
proyectos dedicados a las compositoras:
que la buena intención se quede por
completo en el paratexto, entre
eslóganes y notas de prensa, mientras la
música se reduce a un “documento”
ejemplar. El disco
Le
Chant des Muses de Anna
Urpina pertenece,
afortunadamente, a la categoría opuesta:
aquí, la idea de devolver a primer plano
a autoras olvidadas se convierte en un
trabajo de construcción musical riguroso,
pensado en los detalles, y no en un
simple gesto reparador.
Violinista catalana nacida en Vic en
1989, Urpina pertenece a una generación
que ya no siente la necesidad de elegir
entre instrumento moderno e histórico:
se mueve habitualmente en ambos terrenos
y ha estudiado con figuras de referencia
como Enrico Onofri en el ámbito barroco.
En
Le Chant des Muses interpreta las
páginas seicentistas con un violín de
1658 atribuido a Nicolò Amati, mientras
que para las dos obras contemporáneas
recurre a un equipamiento moderno,
declarando así desde el inicio que la
continuidad entre pasado y presente no
es un eslogan, sino un hecho concreto de
sonido, postura y configuración.
El proyecto, producido por
Eudora Records y grabado en el
Auditori de Girona en septiembre de
2024, reúne un pequeño conjunto de
cámara: además de Urpina, la soprano
María Hinojosa,
Daniel Oyarzábal (clave, órgano
y piano), Nicola Brovelli
(violonchelo) y Nacho
Laguna (tiorba y guitarra).
La toma de sonido —con el habitual nivel
de cuidado de la discográfica española—
realza la definición del detalle sin
perder la sensación de espacio real: los
instrumentos están cercanos, pero no “encima”,
y la voz encuentra una colocación
natural dentro del grupo.
El recorrido del disco abarca casi tres
siglos de música escrita por mujeres:
desde Gracia Baptista,
activa en la primera mitad del siglo
XVI, hasta las páginas muy recientes de
Zulema de la Cruz y
Helena Cánovas Parés,
ambas vivas. En el centro, un mosaico
barroco que une la Italia de
Isabella Leonarda,
Francesca Caccini,
Maddalena Casulana y
Marieta Morosina Priuli con la
Francia de Élisabeth Jacquet de
La Guerre, Anne
Madeleine Guédon de Presles,
Mademoiselle Duval y
Buttier, y finalmente
con la figura inglesa de Lady
Mary Dering.
No se trata de un simple florilegio: la
secuencia de las obras construye una
verdadera “dramaturgia” interna. La
Sonata op. 16 n.º 12 de Leonarda,
que abre el programa, funciona casi como
un manifiesto: en poco menos de nueve
minutos pasa de inflexiones
contrapuntísticas a zonas de gran
cantabilidad, y Urpina subraya el diseño
global antes incluso que el detalle
ornamental. El arco está bien apoyado,
la articulación es nítida, pero la línea
permanece flexible: la “inteligencia” de
la forma no sofoca el impulso cantable.
Inmediatamente después, el paso a
Francesca Caccini (Lasciatemi
qui solo) desplaza el eje hacia la
palabra: aquí la voz de Hinojosa
adquiere el primer plano, con una
emisión límpida, poco vibrada, que deja
entrever el trabajo sobre el texto. El
violín de Urpina no intenta “imitar” la
línea vocal, sino comentarla: breves
gestos que la enmarcan, relanzando con
discreción ciertas inflexiones melódicas.
El pequeño ciclo teatral de
Mademoiselle Duval,
Air pour les Plaisirs, devuelve la
música al terreno de la danza francesa.
Aquí Urpina disfruta esculpiendo los
perfiles rítmicos: la Bourrée, el Menuet,
la Sarabande no se convierten en
postales de estilo antiguo, sino en
pequeñas escenas en movimiento,
sostenidas por el continuo de Oyarzábal,
Brovelli y Laguna, siempre preciso pero
nunca rígido.
Las
Canciones de Amor de Zulema
de la Cruz, concebidas
expresamente para este proyecto,
introducen una densidad armónica
distinta y otra forma de trabajar la
relación entre voz e instrumentos: el
piano sustituye al clave, el lenguaje
armónico se abre a tensiones más
explícitas, pero lo que llama la
atención es la continuidad emocional con
las páginas seicentistas. Urpina elige
aquí un sonido más lleno y directo —casi
una escritura “en primer plano”— que no
rompe el hilo del programa, sino que
amplía su horizonte.
La Sonata I de
Élisabeth Jacquet de La Guerre
es quizá el momento en que el conjunto
muestra mejor su compacidad. El diálogo
entre violín, bajo y teclado se conduce
con un sentido muy claro de las
proporciones: los contrastes entre
secciones graves y otras más vivas se
gestionan sin sobresaltos, y la retórica
de los afectos resulta legible sin
sobreinterpretaciones psicológicas de
gusto moderno.
El madrigal
Morir non può il mio core, de
Maddalena Casulana,
presentado en una versión íntima, se
impone por la calidad de la línea vocal:
Hinojosa evita toda pátina “antigua”,
buscando en cambio un fraseo sencillo,
casi hablado, sobre el que el violín
interviene a intervalos con pequeños
gestos que modelan ciertas cadencias
cruciales. Es uno de los puntos en los
que el disco recuerda con más fuerza que
estas músicas no son “casos curiosos”,
sino autoras capaces de dar forma a un
pensamiento musical complejo.
Las
Correnti de Marieta
Morosina Priuli, nacidas para
violín y espineta, reciben una lectura
viva y controlada: Urpina acentúa su
energía motriz; el continuo sostiene con
decisión su estructura. Son páginas
breves pero reveladoras, que muestran
una escritura violinística consciente y
nada artesanal.
Cierra el recorrido Lady Mary
Dering con
A False Designe to be Cruell: una
obra de dimensiones contenidas pero
caracterizada por una notable fineza
retórica. La decisión de no cargar el
pathos, sino de mantenerlo casi a “bajo
voltaje”, hace que la despedida del
disco sea particularmente equilibrada:
sin golpes de efecto, sino un
pospensamiento que sigue actuando tras
la última nota.
En el plano interpretativo,
Le Chant des Muses confirma una
cualidad ya evidente en los trabajos
anteriores de Anna Urpina: la capacidad
de unir lucidez estructural e inmediatez
comunicativa. El arco es firme, las
articulaciones están cuidadosamente
estudiadas, pero lo que permanece en la
memoria es la naturalidad global del
discurso: sin complacencias
virtuosísticas ni “efectos” gratuitos,
sino una concentración constante en la
calidad del sonido, en las relaciones
internas, en el equilibrio entre planos.
La contribución del conjunto es
decisiva: el violonchelo de Brovelli y
la tiorba de Laguna dibujan un bajo
continuo elástico, que descarta
cualquier sospecha de acompañamiento
inerte; Oyarzábal pasa con agilidad del
clave al órgano y al piano, adaptando el
impacto tímbrico a las épocas y a los
contextos. La voz de Hinojosa,
finalmente, se integra en el grupo con
notable inteligencia: siempre presente,
nunca egocéntrica, situada en una línea
de expresión que privilegia el texto y
la entonación precisa de sus inflexiones.
En un panorama discográfico que se llena,
a veces con excesiva prisa, de
recopilaciones dedicadas a las “mujeres
compositoras”, el disco de Anna Urpina
se distingue porque une investigación,
criterio de programación y un nivel
interpretativo constante. No todo está
pensado para deslumbrar en la primera
escucha; muchas páginas piden ser
frecuentadas, reescuchadas, situadas en
una red más amplia de referencias.
Le Chant des Muses es una escucha
que exige tiempo y atención, como todo
lo que posee sustancia. No es un simple
ejercicio de estilo, sino un acto de
restitución: a quienes escribieron, a
quienes interpretan hoy, a quienes aún
saben escuchar.